viernes, 26 de diciembre de 2014

Ito

Y entonces uno aprende la diferencia entre domar un animal y amarlo.
Que dejarlo ser y respetar hasta el mínimo detalle de su existencia: su libertad!
Que estar ahí para compartir los segundos que son compartibles:
Las caricias, los rasguños, los gemidos, los silencios, las miradas sinceras pero ininteligibles, los misterios.
La certeza concreta y absoluta de no poder nunca acceder a sus pensamientos y a su conciencia.
La aceptación de no saber todo sobre el otro.
De no poder estar segura de nada sobre el otro.
La simplicidad de reconocer el presente como única medida.
El cariño como el único bien.
La honestidad como el único contacto.
El reconocimiento de sentirse completamente vulnerable ante su presencia.
La facilidad de perderse en su piel y en sus secretos.
El delicado y cambiante equilibrio entre la sonrisa y el gruñido.
La seguridad de que el otro puede quebrarte todos los huesos, los corazones, las razones.
Y sin embargo tener la tranquilidad de confiarle todos los días, las palabras, las razones, los huesos, los corazones.
Que eso y no otra cosa es lo que de una u otra forma termina siendo amor.
No una cosa hecha y acabada
Sino un proceso que sucede
No el aire sino el viento
No el agua sino la ola
No la luz sino la claridad
No el sonido sino la música
No el corazón sino el latido.

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