martes, 22 de septiembre de 2020

Abandono

Una tarde varada junto a un río. 
Una piedra atardeciendo en el río imaginado.
Una hierba húmeda que crece ruidosamente al lado de esa piedra que aún respira.
Hubiera querido no tener que olvidarte.
Hubiera querido guardarte en el fondo del pecho hasta el final de los días.
Tu presencia es única e insostenible.
Guardo entre mis alas el rigor de tus angustias, el sueño postergado del nombre derruido de mis infamias y mis desolaciones.
Mis manos vacías susurran tu ausencia y el peligro ciego de dejarte astuto.
Tu voz tiene el hechizo que tienen los lagos, esa calma profunda y deslumbrante, ese silencio oscuro que incita a ahogarse, el insufrible efecto de no querer parar de mirarte pero no sobrevivir a la frialdad de sus aguas.
Tu reflejo sigue siendo mi reflejo ¿quién se mira en quién? ¿cuál de nosotros es el que no escucha? ¿cuál el que no ama? ¿quién el que se marcha?
El tiempo desfigura todos los pedidos, ilumina pálidamente los deseos oscuros y los devuelve planos, descoloridos.
Cada sentimiento se atropella asustado contra su contrario y caminan despreocupadamente tomados de la mano sobre el sin fin adusto de cada respiro.
No hay nombres ni sujetos, no hay acciones ni conjugaciones que tengan el poder de retenerme a tu lado.
Perdimos los dos, como es debido.
Lo que había que ganar ya lo ganamos, ya lo gastamos y ahora nos lo quedamos debiendo.
Perdimos y no supimos ni cuando ni cuanto.
Ganamos y no nos dimos cuenta.
Quedo yo aquí con las manos vacías, el corazón adolorido y los sueños anestesiados.
Quedas tu allá entre tus alas y tus piernas, repitiendo con tu voz el encanto del que no podré liberarme, solo, centelleante, en todo caso vivo, inmune a mi cariño.