viernes, 6 de diciembre de 2019

Kali en la cabeza

Venga, dígame algo, no se quede en ese silencio tan absurdo que me asusta.
Catalina, no se vaya. Venga siéntese conmigo, míreme un rato, sonríame.
Mujer, hábleme. Pregúnteme lo que quiera, o hablé de lo que sea.
No se calle.
Que ese silencio suyo es la angustia previa de una fosa infinita.
Ese abandono suyo es la puerta oculta al mundo sin nada.
Esa negligencia suya es la muerte viva caminando de espalda.
Catalina.
Hay todavía.
Hay sombras y colores y minutos.
Hay querida mía sangre en las arterias.
Hay mujer de mil soles el camino y el bosque.
Queda en el mundo una gata un caballo.
Queda en el mundo un paisaje un horizonte.
Aún existen los otros, los honorarios.
Aún están los amables, los polígonos, las aristas.
Ven, dame la mano.
Llora todo lo que sea necesario.
Si, lo sabemos.
La soledad.
Abrumadora.
Insensata.
Carcoma.
Esa sensación tangible de estar sola.
La soledad en medio del gentío.
La soledad izquierda en medio del cariño.
La soledad infinita de la tierra vieja.
Esa de los días sombríos y oxidados
De los días que crujen y se desploman
Días hondos cóncavos huecos
De ojos inocuos, insufribles, secos
La soledad del frío en los huesos
De la piel intocable
Del respiro inasible
Esa delgadez del alma
Esa efemeridad del sentido
Esa turbulencia de la muerte y el nacimiento
Perpetua tortura la de la soledad innata
La de la inaccesibilidad al otro
La de la imposibilidad de la compañía
La negación de la vida
Catalina
Este silencio sombrío y simple
Esta soledad que nos acribilla
No es eterna.