lunes, 13 de diciembre de 2021

Azul

El día se va. El tiempo transcurre a su paso natural. La tierra rota en ángulo sobre su propio eje. La luz del sol alcanza esta tierra a alguna hora de la mañana, y transcurre sobre ella hasta que anochece a alguna hora de la tarde. Hace frio, en este lado del mundo las plantas adormecidas no tienen hojas ni hacen fotosíntesis, están soñando, esperan por los días largos y cálidos. A pesar de que las plantas duermen es parte de su vida, es su propio ritmo y su lugar. Otras criaturas siguen su curso, las bacterias se reproducen cada vez que pueden y los humanos van de un lado a otro suponiendo que tienen una vida que es aparentemente relevante. La tierra no está aún congelada y las lombrices siguen apareciendo extraviadas en las aceras cuando llueve. Las aves que se quedan andan juntas de un lado para otro, los gorriones se refugian en las pajas secas en los jardines de la ciudad, los cuervos pasan en grupos inmensos en el cielo abierto, los gansos aterrizan en el canal, los Blue Jays saltan entre las ramas secas de los arboles, los American Robins se posan en los chamizos sin hojas de los robles frente a la ventana. Las ardillas todavía corren por las ramas, cargan hojas, hacen chasquidos. El mundo, la vida, sigue su curso a ninguna parte. El día pasa. Diciembre parece un mes atropellado, más que festivo es ocupado y alucinante. Los humanos corren buscando regalos y se ilusionan con la idea de la fraternidad y el cariño, planean encuentros, comidas, abrazos, tratan de disimular el tedio y la desazón de lo incierto. Se quieren. Catalina, mal sentada frente a la pantalla escribe estas letras a modo de mantenerse entretenida, pero le falta todo. Los sentidos mudos no transmiten mensajes, y el cerebro procesa la información tan lento que una sola palabra parecen siglos y siglos. Debe estar haciendo frio, cerca a cero centígrados, hay que usar un saco, una chaqueta... es medio día, hay que comer un almuerzo preparado sin cuidado... es la oficina hay que leer los correos. El cerebro lento intenta. La rutina aprendida de tantos años permite seguir, la convicción profunda y diáfana de no creerle a los pensamientos oscuros y poderosos que auguran daños y destrucciones. El quedarse mirando por mucho tiempo el teclado, midiendo y remidiendo la próxima letra. Leyendo tres, cuatro, cinco veces la respuesta de un correo. Con cuidado que sin la atención del cerebro es increíblemente fácil cometer un error, cambiar una letra por otra, enviar un correo a otro destinatario, equivocar el nombre de un archivo. No puedo confiar en mi misma. Hay que cortar la lista de prioridades, no puedo ahora escribir - irónicamente - no puedo. Generar una idea cuesta la vida y - tristemente - hay que cuidar la vida para tal vez luego cuando no sea tan costoso generar otra idea. La lista de prioridades hay que reducirla, no son 15 cosas ni 10 las que hay que cumplir para el final del día, son tres si se puede: comer, dormir, y seguir respirando. A veces son solo dos, porque dormir se hace muy difícil. Y a veces comer también es demasiado, entonces solo se puede respirar, todo lo que soy y toda mi energía se concentra solo en seguir respirando. Todo lo demás es una inercia lenta aprendida luego de tantos años, la comida no sabe a nada y no siento hambre, pero algo hay que meterle al estomago. No me da sueño y no descanso pero hay que apagar las luces y el computador y obligarse a intentar el sueño. Todo lo demás, todo lo importante, detenido. Todo lo valioso y lo querido, postergado.