Otra vez la soledad, otra vez.
Esta ausencia de sentido en el corazón.
Esta desazón de no tener una sonrisa de regreso.
De que no hay otro que se refleje en el cariño.
La soledad inmensa de la certeza del estar solo en todo el universo.
Brusca soledad esencial.
La de los huesos huecos y los músculos vacíos.
Soledad de segundos infinitos.
De agonías vanas y minúsculas.
Pero permanentes.
Soledad limpia reluciente.
De los amigos que se reúnen entre ellos mientras yo en la esquina.
De los familiares que se regalan medias y perfumes mientras yo evito las fiestas agotadoras.
De los humanos tratando de hacer sus vidas soportables.
Y uno en la insoportable levedad longeva.
Soledad angustia venidera.
Pasajera permanente del tren que me es la vida.
Paisaje subterráneo de aguas que se filtran y lavan los tesoros de la tierra.
Propiedad soledad emergente.
Compañía persistente.
Querida y fastidiada.
Soledad sabelotodo.
Sabia silenciosa sin salida.
Amiga compañera.
Asesina confiada.
Bien lo sabes.
Que todo cuanto es es solo un poco.
Que todo cuanto amo es solo un relámpago.
Que todo lo que me sostiene se derrumba así sea lentamente.
Como siempre ha sido yazco ante ti sin armas, sin escudos.
Yazco ante ti con las manos extendidas y las palmas abiertas.
Ante ti con el pecho desnudo y la espalda descubierta.
Con los ojos empapados y los labios rotos.
Eres, en medio de todas las angustias, benevolente.
Y en medio de todas las alegrías, inmisericorde.
Eres espina en la planta del pie que nunca sale y siempre duele.
Que se hace a la carne y con el tiempo se profundiza.
Soledad intermitente y postergada.
Soledad latente y aguda.
Vas estoica hasta la sangre y hasta el centro donde se bombea.
Humedeces todo con tu angustia.
Vienes imperturbable hasta el filo de mis neuronas y te acomodas.
Allí aguardas el instante preciso para hacerte evidente.
Y traes contigo todos los silencios y las tristezas.
Todos los imposibles y los imperdonables.
Y suavemente sin pausa me torturas.
Me deshilachas la existencia y me prometes:
¡Nunca dejarme libre!
¡Nunca dejarme un amor intacto!
¡Nunca darme una segunda oportunidad sobre la tierra!
Yo que desde tu raíz he aprendido la paciencia te digo:
¡Ya va!
¡No todavía!
No tengo - hermana mía - ni evidencia, ni argumentos, ni fe
No tengo - historia mía - ni hechos, ni razones, ni dioses
Pero todavía, soledad abrumadora acaparadora
Tengo todavía por fortuna algo de tiempo
Tengo que andar el mundo y buscar con el cariño esa sonrisa.
lunes, 26 de noviembre de 2018
viernes, 16 de noviembre de 2018
Mentira
Y viene uno a darse cuenta que todos tenemos rabo de paja.
Que hay secretos a voces que resultan ciertos y que van destruyendo poco a poco la confianza y el cariño.
Que nuestra gran mentira no es que seamos falibles sino que somos incapaces de aceptarlo y divulgarlo y darle a nuestros errores y a los de los demás su justa medida y la invaluable opción de corregirlos. Porque los errores que se niegan y se esconden se vuelven a cometer, porque ante la misma situación no conocemos otra manera de actuar porque precisamente no tuvimos la opción de consultar o preguntar cómo se actuaba diferente. La gran mentira en la que todos caemos es una vez más la de asignar culpas para despellejar al culpable por lo sucedido en vez de identificar los responsables y las responsabilidades de cada uno para además identificar qué o cómo puede mejorarse una situación para todos los involucrados. Seguimos escondiéndonos en nuestras virtudes, mostrando solo estas al exterior, mientras nos ahogamos en secreto y en silencio en nuestros miedos, en nuestra ignorancia, en nuestros defectos. Seguimos juzgando a los otros para volcar la atención sobre ellos, para incluso hacerlos a ellos caer con el peso de sus propias equivocaciones, para intentar salvarnos a nosotros mismos de las equivocaciones y de las falencias que nos son propias. Y por extensión cubrimos a quienes nos encubren y quienes comparten nuestros nuestros defectos, en vez de que sus acciones nos hagan reaccionar y reconocer el mal que hacemos. Nos cubrimos con la mima cobija que termina destruyendo la vida de otros, siempre que la nuestra sea perdonada. Porque es tan pequeña nuestra conciencia que no nos permite reconocer que reconocer nuestros errores, que enfrentarlos y hacerlos públicos es la mejor manera de ayudarnos y de ayudar a otros. Seguimos prefiriendo tirar la piedra y esconder la mano, que ofrecer disculpas por un vidrio roto. Hay que hablar, necesitamos urgentemente hablar, decirnos las cosas, decirnos las verdades como son.
Que hay secretos a voces que resultan ciertos y que van destruyendo poco a poco la confianza y el cariño.
Que nuestra gran mentira no es que seamos falibles sino que somos incapaces de aceptarlo y divulgarlo y darle a nuestros errores y a los de los demás su justa medida y la invaluable opción de corregirlos. Porque los errores que se niegan y se esconden se vuelven a cometer, porque ante la misma situación no conocemos otra manera de actuar porque precisamente no tuvimos la opción de consultar o preguntar cómo se actuaba diferente. La gran mentira en la que todos caemos es una vez más la de asignar culpas para despellejar al culpable por lo sucedido en vez de identificar los responsables y las responsabilidades de cada uno para además identificar qué o cómo puede mejorarse una situación para todos los involucrados. Seguimos escondiéndonos en nuestras virtudes, mostrando solo estas al exterior, mientras nos ahogamos en secreto y en silencio en nuestros miedos, en nuestra ignorancia, en nuestros defectos. Seguimos juzgando a los otros para volcar la atención sobre ellos, para incluso hacerlos a ellos caer con el peso de sus propias equivocaciones, para intentar salvarnos a nosotros mismos de las equivocaciones y de las falencias que nos son propias. Y por extensión cubrimos a quienes nos encubren y quienes comparten nuestros nuestros defectos, en vez de que sus acciones nos hagan reaccionar y reconocer el mal que hacemos. Nos cubrimos con la mima cobija que termina destruyendo la vida de otros, siempre que la nuestra sea perdonada. Porque es tan pequeña nuestra conciencia que no nos permite reconocer que reconocer nuestros errores, que enfrentarlos y hacerlos públicos es la mejor manera de ayudarnos y de ayudar a otros. Seguimos prefiriendo tirar la piedra y esconder la mano, que ofrecer disculpas por un vidrio roto. Hay que hablar, necesitamos urgentemente hablar, decirnos las cosas, decirnos las verdades como son.
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