Pobres colores
Cuanto nada propio de ellos les hemos asignado
Cuando los colores son todos bonitos
Pero nosotros en ese afán minúsculo de categorizar y asignar valores
Cuanto hemos difamado a los colores
El hombre cis hetero blanco burgués hegemónico patriarcal del norte global
Y se me revuelve el estomago
Por el poder que han tenido
Por el poder que implica el nombrarlos
El señalarlos con el dedo largo
Por el reduccionismo inconmensurable
Porque sí, así son, y sin embargo ese ser es solo un pedazo,
que no son así todos ni cada uno,
que no son solo eso,
pero sí, así son.
Nosotras también a veces así hemos sido.
¿o somos todavía?
Pobres colores
Que entonces inocentes ahora son fuente de disputa
Que siendo hermanos y cercanos
Los hemos hecho enemigos y opuestos
El negro,
El blanco.
Y desligarnos a nosotros mismos del legado de su significado es ilusorio.
Los nombro y solo en nombrarlos ya me hago a un lado, o al otro.
Los rojos, los azules, los verdes, los amarillos...
Y las banderas, Agarrate Catalina, ¡Las banderas!
A mi me gustan todos los colores.
El verde del cielo y el azul del bosque.
El amarillo.
El blanco de la niebla del páramo.
El chocolate café.
El café negro y la piel negra.
El rosado suave.
El purpura amatista.
El rojo metido en las arterias.
El gris de los aguaceros.
Y resumiendo, todas las aristas de los colibríes.
A mi me gustan los colores todos,
Pero no me gustan todos sus significados.
Yo no quiero ser la oveja blanca.
Como no quiero el dolor blanco, ni la ceguera blanca, ni el diablo blanco, ni la tormenta blanca que se aproximan.