¿De qué?
El silencio también dice.
Y ha sido un silencio largo extendido sobre los dedos y la lengua.
Ha sido un silencio de movimientos tumultuosos, de rápidos y piedras.
Las cosas en la vida se hacen o se deshacen.
Se deshizo una amistad larga devenida de la cercanía.
Se deshizo por lo mismo que se desarma cualquier otra relación.
Las inequidades,
Las incapacidades propias de decir lo siento y de volver,
Las limitaciones propias de reconocer y no tener más para dar o para recibir.
Ha sido, fue, va desvaneciéndose este duelo de perder una amiga.
Duelen las cosas deshechas.
Duelen también las cosas hechas.
En ese dolor único de lo que significa.
Duele estar lejos de ese que cada día se hace más presente.
Duele el mundo.
Duelen
La gente en todos sus esplendores.
Los horrores cotidianos del tirano que maneja el mundo.
Su estupidez, su ignorancia, su odio,
Su despreciable condición humana que nos equipara,
Que nos hace iguales ante la historia.
Que nos recalca hasta el hueso el fracaso que somos.
Como especie, como civilización, como sociedad.
Otra vez fracasamos y hay que rescatarse del fracaso.
Hay que creer, hay que continuar, hay que educar.
Hay que recordar, hay que llevar un registro de lo sucedido.
Hay que aferrarse constitutivamente al cariño,
A la bondad, a la esperanza, a la amabilidad.
Hay que perdonar incluso al imperdonable.
Lo que no hay que hacer es olvidar.
No hay que olvidar.
Hay que tener presente.
Hay que hacer el esfuerzo enorme y costoso de que no se repita.
En el olvido está siempre la repetición del fracaso.
Hacer memoria, como un acto de sobrevivencia.
Que nada más es la vida sino el recuerdo.
Hay que, a pesar de dolor.
Y en la ubicuidad del mundo y los horrores cotidianos,
No me alcanza el silencio ni la escritura para lo que no se nombra.
No me alcanza el ayer y la impotencia para hablar sobre la madre.
No me alcanza el mañana y el deseo para hablar del abogado.
Será otro día.