jueves, 26 de mayo de 2022

Pertenencia

Parpadeo, han pasado tres horas, parpadeo de nuevo, un minuto, parpadeo, siete horas. El tiempo se retuerce, se distorsiona en mí. La misma pregunta de siempre de desliza entro los huesos ¿Quién soy? ¿Quién soy ahora? ¿Quién soy aquí? ¿Dónde estoy? La respuestas no varían pero tampoco satisfacen a nadie, no son suficientes y tampoco son necesarias. Soy yo, soy yo ahora, aquí, aquí. El tiempo retorcido no puede desenredarse, es una maraña enmohecida y sucia. No hay como rescatarlo o devolverlo. Las heridas invisibles supuran una sabia clara y ácida, corroen las emociones y los porvenires, por costumbre. Me minimizan, me hacen básica, simple, desnuda. Nos acostumbramos los humanos a los horrores, con la edad, nos acostumbramos a ver sin hacer nada los horrores, la guerra, los asesinos, las armas, las angustias. Tenemos la ilusión de la sobrevivencia, del mañana. Pero es ahora, y en este ahora en que apenas puedo volver a las letras, después de cinco días de la muerte en vida que me sepulta en mi propio cuerpo, después del llanto inevitable e inexplicable, después de recoger las piernas hacia el pecho y apretar con el pulgar derecho la palma izquierda, y repetir mil y un veces que hay que seguir respirando, después de recordarse a cada instante que hay un después y todo pasa, pasa también la vida en ese tiempo enmarañado y descompuesto que ya no tengo y nunca fue mío. La vida pareciera ser esa cosa bonita que me pasa entre una depresión y la siguiente y sin embargo, es también todos los años que he estado deprimida, que los cabellos descoloridos también anuncian el pasado y lo poco que queda de futuro. Y como siempre, como nunca, levanto mi estandarte, como cada vez que me destruyo y me hago polvo y me disperso invoco la cordura, no todavía, repito una y otra vez repito, si vas a matarme es no todavía, y luego de una pausa larga sin que entre aire a mis pulmones inhalo, y la vida continua, no todavía, y ondeo mi estandarte, que hay más años en los que hacer ciencia, la muerte no todavía, que hay que hacer, hay que aprender, hay que enseñar, hay que escribir, no vas a destruirme todavía aunque me deslías los huesos, los músculos y las neuronas. Espero, espero a que los espacios vuelvan a hacerse conocidos y tridimensionales, espero a que la comida vuelva a tener algún sabor, algún olor, espero a poder enfocar mis ojos y mis pensamientos, a que las manos se muevan sin tener que suplicarles, a que las piernas no tiemblen. Espero a que las ideas vuelvan a aparecer en mi cerebro. Lentamente, desordenadas, débiles. Las ideas vienen a devolverme la vida. Este naufragio milenario en el océano de mi propia existencia es incesante, este ahogarse para volver a la vida me deshoja, día a día, año a año, vida a vida. Ya no nos enfrentamos a muerte, ya no miro en el espejo a mi enemiga, ya no la alimento de rabias y por qués desconocidos, ya no le permito lastimarme tanto, es extenuante mantenerla a raya. No es el cansancio, es el ahogo, es el abandono necesario y doloroso. Ya no la persigo en circulo para pedirle que me devuelva la vida. Ella, yo, tampoco sabemos dónde está. La espero.

jueves, 12 de mayo de 2022

Larga espera para tanta suerte

Es la urgencia, el bienestar, la necesidad de decir que aún Rateza, que estamos vivos y hay que hacer, y no tan desgraciadamente Cesar ¡Hay muchísimo que hacer! Es tan bueno estar ocupada, es tan valioso tener que hacer y en general no andar por ahí desocupada muriéndose de hambre, no estar sin que comer, sin que querer, sin un lugar en el que sentirse confortable. Más allá de esas posibles carencias, es el hecho del tener que hacer. Es esta sensación permanente y cotidiana de levantarse y tener tareas pendientes, problemas en los que pensar y a los que buscarles solución, estudiantes a los que apoyar y dirigir, propuestas que escribir, correos por leer, proyectos que ejecutar, comandos por aprender, artículos que leer, tesis que evaluar, datos que limpiar, secuencias que analizar, discusiones por tener, artículos que publicar. Esta pequeña y brillante sensación de satisfacción que se me escurre entre las neuronas y me permite ser lo que había querido ser, me permite hacer lo que siempre he querido hacer: buscar entre los genes los rastros de ese proceso incesante y deslumbrante que es la evolución. Seguirle la pista entre adaptaciones y azares, entre individuos y especies, a través de ríos y de montañas. Pensar en ella, actuar en ella, hacer en ella todos los días y con tanta gente, permitir que otros también se apasionen por desentrañarla, conversar con pares sobre los pormenores que conocemos y los que no conocemos, hacer preguntas y más preguntas e incluso esas que sabemos que no podremos contestar en esta vida pero quizás otros luego apoyados en lo que hemos hecho. Reconocer cuanto ha sido el camino para estar aquí hablando de ello y reconocer el camino de otros y encontrarnos en las mismas palabras, en los mismos discursos, en las diferencias que nos hacen más fuertes. Disfrutar cada momento en que se hace algo más porque esta ciencia mía y de todos siga viva, siga desarrollándose, creciendo, reproduciéndose, explicándonos un poco más de todo cuanto se transcribe, se traduce, se expresa, se regula. Explicándonos un poco más de nosotros mismos y de esos que no son nosotros y han seguido sus propias trayectorias evolutivas. Larga espera para tanta suerte. Hay aún pasos gigantes adelante. Hay aún retos y por menores y por mayores que enfrentar y que resolver. Nos falta tanto, como especie ¡Nos falta tanto! y aún así como solo es posible seguimos y aspiramos. La vida cada día es un confuso mar de momentos que se suceden sin demasiado tiempo para considerarlos. En este suceder que es mi vida hoy, agradezco enormemente el camino que he seguido y a todas y todos los que lo han impulsado, incluso a los azares. Así más o menos es la felicidad en mi caso, tener que hacer y a quien enseñar sobre esta ciencia que me enriquece las ideas, las sonrisas, y los actos.

miércoles, 11 de mayo de 2022

De la maternidad y otros derechos reproductivos

Pocos temas me hacen tan visceral y cínica como los derechos reproductivos. Aparte de los estereotipos y la discriminación continua y recalcitrante por la identidad de género, a los cuales procuraré no incluir ni considerar en este escrito, el tema de los derechos reproductivos me crispa la médula y los horrores. Que otro ser humano tenga el poder de decidir por otro su maternidad o paternidad me corroe, me niega las amabilidades, y me provoca ser tajante e impositiva. La obligatoriedad de la maternidad y la paternidad las hacen abominables y míseras. Forzar a un ser humano a ser madre o padre es mezquino y malvado. Para mí, forzar una vida que no es deseada es lo único peor que la muerte. Sin abordarlos, reconozco que hay innumerables matices derivados de aspectos sociales e históricos más generales que es necesario considerar ante una posible reproducción. Independientemente aseveraré que ninguna mujer bajo ninguna circunstancia en ningún momento debería ser forzada a ser madre, aún más, lo reitero: ninguna mujer bajo ninguna circunstancia en ningún momento debería ser forzada a ser madre. Por mil y un razones y en principio porque nos pasa adentro, porque es nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro útero, nuestra sangre, nuestras hormonas, nuestros recursos químicos, biológicos, mentales, sociales, económicos, es nuestro tiempo. Esa valoración de la mujer por su potencial reproductivo me parece mercantil, esclavista, traficante. La maternidad y la paternidad deberían ser adorables, amables, bonitas, deseadas, al menos deseadas. La decisión de traer al mundo a otro ser como nosotros mismos debería ser eso, una decisión, un proceso mental y emocional de negociación con una misma (y con el otro responsable) en el que se evalúa si las condiciones son apropiadas y suficientes para enfrentar una responsabilidad que es para el resto de la vida y más allá para la vida de todos los futuros descendientes. El riesgo a fallar es enorme y comenzar desde la imposición es una condena al fracaso. Los hombres tampoco deberían ser obligados a ser padres. Aquí es indispensable aclarar que la maternidad y la paternidad no son solo el hecho de poner los óvulos y los espermatozoides. La maternidad y la paternidad incluyen el compromiso y la dedicación en la crianza. Pagar una porción recurrente de dinero a aquellos a quienes contribuiste a concebir sin hacer parte de su vida cotidiana no te hace padre (ni madre), ciertamente por lo menos no uno bueno. De todas las ideas y acciones retorcidas que los humanos hemos inventado y hemos usado los unos contra los otros, aquellas asociadas a los derechos reproductivos, como la violación, la esterilización forzada, la penalización del aborto, la dificultad en el acceso a la salud sexual y reproductiva, la estigmatización social y económica, y todos los comportamientos derivados que atacan y castigan a quienes no o si desean reproducirse, son las que se me hacen más perversas y traumatizantes, las más invasivas y agresivas. Son las ideas y acciones que atentan contra los derechos reproductivos las que me generan la reacción más instintiva, casi maternal diríamos, la de proteger la vida que ya está aquí, la de ahora, no la vida que no ha existido.