lunes, 31 de agosto de 2015
jueves, 6 de agosto de 2015
Discriminante
Esta hoja no de papel es más fiel
que el espejo que me refleja.
¿Qué sería?
La pata del lobo.
El hilo rojo.
La hoja que al
caer cae en silencio.
Sin ojos.
Sin colores.
¿Disculpe? ¿Está
ocupado?
Ah, ¿tiene una
vida?
Sí, no se
preocupe.
Más tarde, ¡cómo
no!
En otro siglo.
¡Como sea!
¡Abra la puerta!
Las ranas buscan
su camino hacia afuera de las lagunas.
¡Todas!
Y se meten en las
casas, en la cobijas, en los rincones.
Entre la ropa y la
comida.
El agua no dice
que sucede.
Nadie se explica.
Pasa el tiempo.
Las uñas crecen y
hay que cortarlas de nuevo.
Calzarse los
zapatos.
Un frijol más un
frijol menos.
Las ranas ya no
están en la laguna.
No regresan ni a
cantar ni a poner sus huevos.
Los hombres, esos
humanos, siguen viviendo en miniatura.
Por oposición a la
contracción de un músculo el cerebro declara:
¡Hay que seguir
corriendo!
Para cosas como
estas no es necesario una explicación.
Ni siquiera
varias.
Para cosas como
esta, querida, no es necesario una causa última o una causa próxima.
No es necesario un
creador y ni que decir de un creado.
No se requieren
permisos o solicitudes o formularios.
No es preciso que
nadie firme o que haya un consenso.
Para cosas como
esta, ahijado, no es menester escribir una propuesta,
o describir una
metodología. No hay necesidad de argumentar presupuestos.
Ni solicitar
avales o hacer publicidad o acumular votos.
Para cosas de este
tipo, hermano, no hace falta que se enteren los otros,
Ni siquiera hace
falta que existan.
No es
requerimiento que haya alguien antes o después.
O que algo cambie.
No se precisan hipótesis y debates.
Cursos y
publicaciones. Evidencias y falsabilidades.
Para estas cosas
así, como las configuraciones efímeras y precisas del universo.
La pata del lobo.
El hilo rojo.
La hoja que al
caer cae en silencio.
Sin ojos.
Sin colores.
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