Como una lógica obstinada en hacer algo.
Como un recurso para sostener la pálida existencia.
Como un recordatorio recurrente de estar todavía.
Ocupar las manos en cualquier cosa,
En clavarse la uña del pulgar derecho en la palma de la mano izquierda.
Expresión mínima de la angustia extrema por sentir algo.
En la facilidad vacía e insignificante de las aplicaciones en el celular.
Con esa voracidad humana de capturarnos en la recalcitrante publicidad.
En las agujas y los hilos para tejer y destejer mortajas.
En ese destino infame de ser parte de una estirpe condenada.
En encontrar la posición definitiva de las piezas en el rompecabezas.
Como si al terminar pudiera reclamarse la victoria de haber creado un mundo nuevo.
En repasar los bordes de las sabanas en el lugar más seguro y más odiado de la tierra.
Como sin en la repetición de ese repaso fuera posible exorcizar la media locura.
Nada que exija demasiado cerebro.
Nada que requiera más de un idea y mucho menos conectar algunas.
Nada más allá de patrones pequeños y sencillos.
Se va todo en movimientos repetitivos y predecibles.
Suficientes para recordar que respiro.
Indispensables para reconocer la diferencia que es,
A pesar de no poder pensar, el estar viva.