Renuncio.
Silencio.
Enmudecida.
Renuncio.
Por el sendero escueto que se despliega
frente a los dedos.
Podría por ejemplo nombrar todo el
desespero, y así lo hago.
Por ejemplo el borde de ti, tu color y tu
presencia. Y los nombro.
Más yo renuncio.
Podría acunarte y buscar tu semblante, tu
sonrisa.
Pero no sé quién eres.
No sé que hay detrás de tu semblante.
No sé que recuerdo evoca tu sonrisa.
Así que renuncio.
A perderme en los recovecos indecorosos y
húmedos que en mi cerebro pueden cubrirse con tu aroma.
A desbocarme hasta el hastío en las
praderas neuronales en que mi memoria te moldea en una idea.
Al placer crudo y vil de resolverte en mi
cabeza en miles de escenarios y sistemas sin que sea cierto.
Renuncio aún el dolor de cabeza.
Y no por gusto renuncio, sino por
urgencia.
No con fiesta y celebración sino con luto.
No con sonrisas y abrazos, sino con
sobriedad y ternura.
¿Ternura? ¿Cómo?
Si, renuncio con ternura, porque no sé de
otro modo.
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