Los que nos nombran no saben, no tienen idea
del miedo o la tristeza, se detienen en su propia suerte para hacerse lejos de
la vida y olvidar, y seguir sonriendo sin conocer, sin apreciar. Pero somos sal
del mismo océano, y el valor que tenemos no puede calcularse, nada hay que haya
sido tan corto como nuestro cariño, no hay nada que haya sido tan preciso como
esta angustia precisa que se dispersa en el aire. Eres tu al fondo de cada
precipicio y al borde de cada duda, eres tu quien está presente en cada una de
mis lagrimas, de mis enciclopedias. Eres tu ese nombre primero conocido por
pocos y enmudecido en el no decir lo que se quiere. Eres la causa última, el
primero de los mandamientos, donde termina el universo. Eres la hoja del árbol,
la lengua del gato, la crin del caballo, la piel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario