Mucho, mucho antes de Perseo, los
hombres ya iban al derruido templo de Athena donde habitaba la medusa e
intentaban matarla. Todos ellos terminaban hechos piedra. Tanta rabia tenía la
Medusa adentro suyo, tanta contra su violador Poseidon, contra su inquisidora
Athena, tanta contra sí misma por no haber podido hacer nada. Que no había
modo, todo el que entraba la miraba a los ojos y... piedra.
Pero el tiempo es infinito, los hombres son prácticos y
apasionados, los monstruos solitarios y las mujeres inteligentes y
persistentes. Así que lo hombres no volvieron para matarla y se dedicaron a
otras cosas. La Medusa andaba entre las estatuas de piedra de su casa
vomitando su ira, liberando su cólera, buscando razones, descubriendo
esperanzas, limpiándose el alma, perdonando... Hasta que el camino al
templo se perdió en la memoria de la tierra.
Giorgos fue un niño desordenado y aventurero, más de una vez sus
padres tuvieron que salir a buscarlo al bosque porque el chiquillo se perdía, y
más de una vez no lo encontraron... a los días aparecía deshidratado y
cansado, al borde del arroyo, dormido junto a un árbol o envuelto en una piel de
lobo. Sus amigos le querían y le auguraban todo lo bueno, pero cuando se
adentraba al bosque ninguno lo seguía, "¿A qué vas allá?" le decían,
¡El ejercito esta junto al mar, la gloria está del otro lado! y se iban a
entrenar a la playa, con espadas de madera y cuerda. El también jugaba a los
soldados, pero su gloría no sería la del héroe.
Habría de tener que sé yo, unos 23 años, cuando se levanto con
ganas de perderse de nuevo, como hacía rato no lo hacía, y se metió al bosque,
corrió entre los árboles, salpico charcos, se araño las piernas, peleó con
panteras y ahuyentó a más de un lobo... hasta que se quedó dormido al lado de
una piedra. Se despertó de noche con las estrellas brillando en el cielo de los
dioses, y las luciérnagas iluminando el camino de los siglos. Se despertó
agitado porque juraba haber oído un grito y un sollozo. Buscó en su cintura la
espada y se puso en guardia, pero nada se movía más que las hojas de los
árboles con la brisa que venía del mar, y su pecho al respirar. El hombre se
acurrucó contra la piedra firme por un rato, atento a los sonidos que venían y
se iban, pero no había más que silencio, así que se levantó suponiendo que lo
había soñado y se echó a andar aún más hacia lo lejos, a conocer lo
desconocido. Al rato llegó al filo de una pequeña colina y bordeándola
encontró un estrecho paso hacia adentro de la roca, y se metió por allí, a ver
que había, sin imaginar siquiera que ya no querría salir de nuevo.
Entro con la espada en la mano, por si las serpientes o las
bestias. Una vez adentro escuchó de nuevo el llanto, y se sintió incómodo,
quien andaría por allí llorando, tendría que ser una mujer, un alma en pena o
una treta de algún Dios aburrido que quería hacerle pasar un mal rato. Sin
saber que pensar pero con esa curiosidad incorruptible siguió hacia el fondo de
la cueva con paso firme y despreocupado, y empezó a ver figuras conocidas,
estatuas de hombres cubiertos de musgo verde que les crecía encima, espadas
alzadas convertidas en piedra, pedazos de roca con forma de brazos, de
torsos, de cabezas, y por supuesto supo donde estaba, le habían contado de la
Medusa para que se tomara la sopa y no se metiera al bosque, pero él no tenía
problemas ni con la sopa ni con el bosque.
Sabía bien lo que hacía la
Medusa, y no tenía intensiones de volverse piedra ni de intentar matarla, total
¿para qué? allá en lo profundo, ella ya estaba muerta. Así que se dio media
vuelta y se dirigió a la entrada tratando de no hacer ruido... en cada paso que
daba lo único que escuchaba era el llanto, esas lagrimas gruesas que solo las
mujeres liberan cuando la pena es grande y la esperanza es poca, hasta que
Giorgos se desespero de oírlo y digo en voz alta "Y bueno, ¿A ti qué te
pasa?" no había terminado de decirlo cuando se arrepintió, un silencio oscuro
se oyó en la caverna y Giorgos trató de correr a la salida, cuando escucho la
voz de una mujer hermosa y suave como la seda que él, no conocía, clara y
fresca como el agua del mar en las mañana de verano, se detuvo en seco. "¿Vienes a matarme?" preguntó ella. Él no supo que decir,
"deberías hacerlo" y volvió el llanto. Giorgos aburrido del sollozo
se volteó, "Ahhh no, a mí nadie me dice lo que tengo que hacer, vine a
visitarte, a tomarme un trago contigo, ¿para qué carajos voy a matarte? acaso
¿me has hecho algo? no, vine a conocerte, a darte la mano" y mientras así
decía se fue adentrando en la cueva, andando entre los hombres de piedra,
buscando el sonido de la voz, pasando saliva. Para entonces Medusa ya estaba
confundida, ¿Quién era ese hombre que guardaba la espada y no corría a decapitarla?
¿Quién era ese sujeto que le decía con tanta ligereza que venía a saludarla?
Ella se quedó donde estaba, sentada al lado de la estatua de un hombre viejo
que parecía su padre, con la cabeza entre las piernas mientras las serpientes
de su pelo se enroscaban en una trenza sobre la espalda, "¿Quién
eres?" preguntó. "Soy Giorgos de Leitus, hijo de Anáphone y de
Grisus, rey de Argos y de todo cuanto hay de un lado del mar al otro" dijo
él con voz firme tratando de impresionarla, muerto de miedo. Medusa apenas pudo
contener la risa, "No mientas Giorgos! solo eres humano. "Soy
Giorgos de Leitus, hijo de Anáphone y de Grisus!" Insistió él, "Pero
bueno, no soy rey de Argos ni de todo cuanto hay de un lado del mar al otro".
Medusa rió, y su risa llego a los oídos de Giorgos como llega la voz de la
dulzura, de la victoria, del infinito, y se le anidó en el pecho sin permiso.
"¿Me convertirás en piedra?" preguntó él con todo el miedo de
desearlo. Hubo un silencio largo y luego esa voz de plata dijo desde más allá
"Si me miras a los ojos... no puedo evitarlo", "Quiero
verte" dijo él. No se oyó nada, a ella le tembló el alma como no le había
temblado nunca en todos los siglos de su vida, y unas lágrimas diferentes le
brotaron de los ojos, gritó asustada "Vete, lárgate ahora o voy a
matarte". Más allá del terror y por primera vez un hombre completo él respondió "No me voy, aunque me mates"... Ella siguió llorando con la
cara entre las manos porque después de todo, después de su castigo y su
humillación, no entendía que hacía él allí, a qué había venido.
Uno pasos más adelante, Giorgos encontró el sonido, y vio el
perfil de una mujer acurrucada, con un vestido que debió haber sido blanco,
mujer de pies desnudos y brazos descubiertos, con una trenza verde que se
retorcía, con una piel acaramelada y suave, con unas manos sucias que le
cubrían los ojos. Y se le sentó al lado mirando las paredes del templo
olvidado, "¿vamos a pasear? No te caería mal tomar el sol" dijo. Medusa lo miro por entre los dedos, entre burlona y conmovida "todavía es de
noche" dijo ella volviendo a meter la cara entre las manos. Él le miró la
cabeza "¿Muerden?" preguntó. "Solo cuando estoy de mal
genio" dijo ella, y él se rió, le pasó el brazo por detrás de la espalda,
bajo la trenza de serpientes y la recostó a su pecho. Se quedó con ella.
No fue fácil, ella tenía el mal genio del mismo Hades y él era
desordenado como Chaos. Ella estaba maldita y él, bueno, él era mortal. Discutían
por la ropa, por la cama, porque ella tenía emociones enredadas, por la loza,
por la espada, porque él era un comodo completo, por la familia, por los Dioses, por los
traumas de juventud de ella, por el honor, por la justicia, porque él no se
tomaba nada en serio, por los celos, por tonterías... se enfurecían, se
gritaban, se rompían estatuas de piedra en la caverna, se calmaban, charlaban,
aclaraban las cosas, se abrazaban, se dormían. Les tocó aprender a moverse
y a pelear con los ojos cerrados, no fuera a terminar él convertido en piedra, y
mal que bien se fueron acostumbrando a vivir, así, juntos y felices. Él
iba de visita donde sus padres y sus amigos, y les contaba que la pasaba
bien con una mujer sin dar muchos detalles. Ella se le volaba a veces por entre
los ríos y las rocas para sacar a pasear el alma. Y en la noches, metidos
en una cama hecha de pieles al fondo de la caverna, se hacían el amor con los
ojos vendados, dejando que los dedos vieran por ellos, se descubrían temblando
con el alma en el cuerpo del otro y con la vida... con la vida ahí, en el
presente, con el corazón completo, palpitante. Por las mañanas él la despertaba con caricias y
ella, para no levantarse, le mordía con el cabello.
Con el tiempo ella aprendió que el pasado ya había pasado, y que
la felicidad había venido a acompañarla, aprendió que no todos los hombres
querían decapitarla. Con el tiempo él aprendió que el futuro no había venido,
que la felicidad tenía nombre de monstruo y que Medusa era una mujer
hermosa como la Diosa que no era, hermosa mucho más allá de la primavera.
Con el tiempo, el se hizo viejo y ella pensaba de vez en cuando
que lo perdería un día. No se imaginaba que por ahí ya andaba Perseo, no se
imaginaba que vendría a buscarle dentro de poco, y que ella, tendría que salir
a defender su vida y cumplir con la tarea de ser un monstruo.
Una tarde lo escucharon entrar en
la cueva. Giorgos que ya tenía poca carne en los huesos, los ojos profundos, la
piel arrugada, el cabello marchito, que ya caminaba con la espalda encorvada y le
quedaban pocos dientes, se hizo a un lado sabiendo que nada tenía que ver con
el héroe. Medusa peleó como pelean las bestias, aunque ya sin rabia ni
rencores, sino con esa costumbre sabia de haber nacido para algo, de estar
haciendo lo que le correspondía. De piedra quedaron todos los que acompañaban
a Perseo, pero este tenía una tarea, y mirando en el reflejo, en el espejo del escudo, con la
espada temblándole en la mano y sabiendo que de ello dependía su destino, se
dio media vuelta y de un solo golpe cercenó la cabeza de Medusa, que vino
rodando a los pies del héroe. Perseo la levanto sin mirarla, la metió en un
saco y salio corriendo porque tenía prisa y habían otros monstruos que
matar.
En el frío piso de piedra quedo el cuerpo tendido de la mujer
hermosa, adentro del pecho el corazón todavía le latía. Giorgios vino despacio
y se sentó a su lado, recostado a una estatua, le pasó el brazo por detrás de
la espalda y la recostó en su pecho. Desde el cuello la sangre de Medusa
brotaba en silencio empapando las ropas de viejo, las manos de ella se
aferraron al cuerpo. El la beso en el hombro y la abrazó con fuerza al escuchar
el latido, que como el de su corazón se iba haciendo cada vez más lento, los
dos corazones se pararon al tiempo. Antes de dormirse, Giorgios vio un
caballito blanco con dos alas que se sacudía el lomo y que caminaba hacia
afuera.
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