Esta carta, como todas las cartas no es más que un desahogo. "Háblame del mar marinero, dime si es verdad lo que dicen de él, desde mi ventana no puedo yo verlo, desde mi ventana el mar no se ve." Yo siento tanto. Todo el tiempo. Es desgastante. Hoy salí a caminar, solo por el placer de caminar. Desde que comenzó la cuarentena (¿desde marzo?) he salido solo tres veces (había), en todo caso había salido para hacer mercado; pero hoy necesité salir por salir, por ir a buscar algo que no tengo, que nunca ha sido mío. La vida pasa tan rápido que es inútil aferrarse y sin embargo ¿Qué sería de nosotros sin la ilusión de lo relevante? Fui ¿Cómo no? a la universidad. La única razón por la que he podido sobrevivir en esta ciudad inconmensurable ha sido la presencia poderosa y abrigadora de los campos universitarios. En la Nacional en cada rincón un árbol, en algún lugar un caballo. En los Andes el atardecer, la presencia protectora de los cerros. Me sostienen, son finalmente mis raíces. Yo en cambio, sostenida por ellos vuelco mis pasos hacia los edificios, hacia las neveras que susurran irreconocibles en la noche, hacia los pacillos y las puertas de vidrio, hacia la promesa inventada de conocer el mundo, hacia la luz fría y querida de los laboratorios, allí, todo lo que soy y lo que quiero. En la Nacional era el cuadrado que es el Instituto de Genética, el diminuto espacio que era mi oficina en un rincón del laboratorio, el sofá barato, rojo, y viejo en el que dormía cubierta con las batas de laboratorio y en el que me encontraban en la madrugada las señoras del aseo. En los Andes el 303, la terraza, todas las veces que los celadores vinieron a las 9 de la noche a preguntarme a qué hora me iba a ir. Como si ellos, las señoras del aseo, los celadores, fueran además los guardianes encargados de organizarnos la vida, de recordarnos el desayuno, la cena. Los pétalos de los cerezos japoneses caen a una velocidad aproximada de 5 centímetros por segundo. Esas si son las cosas importantes. Fui a la Universidad. La esquina de La Pola que en un día como hoy, viernes, a las seis de la tarde, estaría atestada de jóvenes bebiendo, comiendo empanada, fumando marihuana, y de los policías responsables de echarles un ojo, esa esquina por la cuál yo hubiera pasado "como alma que lleva el diablo" para evitar a la gente, hoy estaba vacía. La estatua de la La Pola amarrada de manos y vendados los ojos sigue sentada en su silla. La rectoría y su cerezo siguen en pie. La construcción de al lado sigue avanzando. El jardín vertical sigue vertical y jardín, pero el Franco esta dormido y las luces están apagadas. Subí por la calle externa hasta llegar al M y al J, Biomics al menos parece intacto, los árboles de al frente aún reciben golondrinas y las mirlas (amadas ellas) aún se "hablan" entre las ramas, pasa un colibrí chillando ya a esta hora - supongo yo - buscando donde dormirse. El puente del A al J sigue estando ahí pero con la vista lateral no puedo ver a Evolvert, no sé si está bien, si las pipetas descansan imperturbables en sus soportes, si mi bata de laboratorio sigue doblada dentro del cajón con los últimos guantes usados entre los bolsillos, si los residuos de fenol-cloroformo en sus botellas de vidrio opaco aún aguardan bajo el lavaplatos. Más allá no puedo ver el 304, mi oficina, no sé si los colibríes de madera aún cuelgan de sus cuerdas y si Octavio, el unicornio, aún está en pie resguardando mi puesto. En el A, todo el edificio parece dormido y un silencio que juzga se extiende aún hasta la calle. Dado que mi apartamento está orientado de norte a sur y que el Bacatá me bloquea la vista sur, este es el primer anochecer que veo en mucho tiempo. La inminencia de este tiempo que termina me golpea hoy, en medio de esta ausencia. ¿Cómo hacen los demás para apañárselas con sus ideas y su sentimientos? Yo requiero escribirlos.
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