El
animal conocía su destino. Lo había vivido tantas veces! Y cada vez que el
tiempo se acercaba, el miedo crecía en él hasta hacerse infinito, hasta el
desespero de desear la muerte una y otra vez, como un deseo puro y
sublime. La prefería de seguro, sin sombra alguna de duda en ningún rincón de
su emplumado ser, así de seguro, prefería la muerte definitiva. Pero lejos de
ella, la maldición impuesta al ave desde el principio de los tiempos se repetía
incesante una y otra vez. Su única fortuna consistía en que la vejez se tardara
casi un siglo en alcanzarle. Sin embargo, cada año en que se hacía más viejo el
animal se estremecía desde la punta de las largas plumas de su cola hasta la
punta de su afilado pico. Un año más era un año más cerca del martirio, un año
más era sentir como en algún lugar de su cuerpo se iba encendiendo una llama,
como adentro suyo el fuego empezaba a consumirlo, poco a poco y lentamente, ese
ardor agudo que le eriza constantemente el alma y el borde del cerebro. Ya en
la vejez, el pico corneo se le agrieta, las garras se le reducen a muñones
incendiados, y las plumas van cayendo una a una hechas ceniza. Ya en la vejez,
todo huele a pluma y carne chamuscadas, en vez de sangre al bicho le corre
ardiente lava por las venas y sus ojos escupen chispas en destellos y crujidos.
Al final, al fondo, durante el último latido, el corazón enciende el gran
fuego rojo que consume por completo al pájaro, que se deshace desquiciado en
sus cenizas antes de renacer de nuevo. Ser un Fénix no es de manera ninguna una
forma deseable, sino, como la piedra, es el eterno suplicio de
destruirse uno mismo, de incinerarse solo para nacer de nuevo de entre las
propias cenizas a repetir el rito.
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