martes, 23 de septiembre de 2014

La maldición del pájaro

El animal conocía su destino. Lo había vivido tantas veces! Y cada vez que el tiempo se acercaba, el miedo crecía en él hasta hacerse infinito, hasta el desespero de desear la muerte una y otra vez, como un deseo puro y sublime. La prefería de seguro, sin sombra alguna de duda en ningún rincón de su emplumado ser, así de seguro, prefería la muerte definitiva. Pero lejos de ella, la maldición impuesta al ave desde el principio de los tiempos se repetía incesante una y otra vez. Su única fortuna consistía en que la vejez se tardara casi un siglo en alcanzarle. Sin embargo, cada año en que se hacía más viejo el animal se estremecía desde la punta de las largas plumas de su cola hasta la punta de su afilado pico. Un año más era un año más cerca del martirio, un año más era sentir como en algún lugar de su cuerpo se iba encendiendo una llama, como adentro suyo el fuego empezaba a consumirlo, poco a poco y lentamente, ese ardor agudo que le eriza constantemente el alma y el borde del cerebro. Ya en la vejez, el pico corneo se le agrieta, las garras se le reducen a muñones incendiados, y las plumas van cayendo una a una hechas ceniza. Ya en la vejez, todo huele a pluma y carne chamuscadas, en vez de sangre al bicho le corre ardiente lava por las venas y sus ojos escupen chispas en destellos y crujidos. Al final, al fondo, durante el último latido, el corazón enciende el gran fuego rojo que consume por completo al pájaro, que se deshace desquiciado en sus cenizas antes de renacer de nuevo. Ser un Fénix no es de manera ninguna una forma deseable, sino, como la piedra, es el eterno suplicio de destruirse uno mismo, de incinerarse solo para nacer de nuevo de entre las propias cenizas a repetir el rito.

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