Ayer te busque.
En mi biblioteca.
Revisé cada libro a ver si allí estabas,
Tomé algunos de ellos y leí sus páginas.
Recorrí párrafos, frases, palabras.
Digerí sílabas y letras.
No estabas.
Leí con cuidado,
Nada tuyo estaba allí,
La ternura que eres no está en los colores
de los dulces ni en los patitos que nadan.
Tu maldad no es la del tiempo que
transcurre ni la del hombre que olvida.
La profundidad de ti no está escondida ni
en los laberintos sin paredes ni en la cola de la rata.
Tu simpleza no es esa del botón, el gato o
la cuchara.
No supe hallarte entre los ecos de quienes
escribieron el mundo que yo he leído.
No encontré rastros tuyos en las figuras
de los novelistas, los cuenteros, los fabulistas o los poetas.
¡No es posible que nadie te haya escrito!
¿O será posible?
En todo caso allí no estabas.
Además de la angustia de lo desconocido.
La belleza de querer leer quien eres se
vino a atormentarme.
Yo que pensaba que en la biblioteca estaba
todo el universo.
Ayer descubrí que me falta al menos un
libro.
No estabas tú.
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