Y como si no fuera suficiente, con esta agonía lenta de procurar
sonrisas, de no ser demasiado y de no ser tan poco ¿Cómo me calmo yo estas
ganas sombrías?
Tengo aquí en medio del estomago una ganas
oscuras que no sé como sacarme además de estas letras.
Y tengo ese miedo infinito de que lean, de haberles dado acceso a
lo más recóndito de mi sedienta cabeza.
Pero este es mi espacio, mi nombre, mi
segundo y no hay tiempo para el miedo. Si ustedes (solo) leen ese es su problema, que
no digan luego que no se les hizo la correspondiente advertencia.
Y como para esconderme, como para no
decirme que es cierto, me voy corriendo a buscar a Jattin (que escribió tantos
versos como pudo mientras sentía a la muerte vigilándole los pasos), a revolcar
entre sus letras todo ese desvarío hermoso de las pieles y los cuerpos, de el
sexo y el amor, cada uno en cada tanto y sin embargo queridos, porque por estos
días nos juegan malas pasadas las míseras hormonas y nos preguntan cuándo y
cuándo y cuándo cada tanto y no nos dejan libres los pensamientos y las
huellas.
Las manos andan inquietas por entre los
bolsillos y hay que invertir mucho en no querer desnudarse. En qué lúgubre luna
decidí estas ausencias? no volver a perderse en el laberinto eterno de un
cuerpo desconocido sin importar el género, sino esperar con calma el devenir
absurdo de un alguien que merezca las mieles y los sueños?
Y espero y desespero conteniendo estas
ganas de deslizar los dedos por un espalda eterna que termina en andrajos y
embriagos y tormentas. La piel se me avolcana y me tiritan los huesos y sin
otra alternativa que mantener la conciencia prefiero la escritura para escupir
las ansias y contener el instinto, el olfato, la fuerza, los susurros, el
grito, los misterios al borde del abismo de carne y desencuentros.
No había otra manera, sino escribir, aún
pienso.
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