La vida tiene esas cosas para las que a una el cerebro y el corazón no le alcanzan. Hoy lunes 08 de abril de 2013, mientras yo tenía el estómago en la boca por estar escribiendo una propuesta maratón para enviar antes de las 5 de la tarde allí en el salón de doctorados de Biología I109, de la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, mientras, allí cerca, cruzando la calle, en el edificio SD, mientras yo tenía los intestinos entre los pulmones por una propuesta para secuenciar el genoma de dos colibríes, en el SD un niño, de 26 años y de ecomía según me enteré por la noche en el bus de regreso a casa, un niño que se llamaba Andres según me enteré mañana por un correo para hacerle un homenaje, un niño se lanzaba de un piso alto y dejaba su vida pintada en el parqueadero.
Parece que hay algunos que no tienen Gabriel una segunda oportunidad sobre la tierra.
Me pregunto:
¿qué angustia tan grande habrá tenido,
qué miedo tan profundo habrá albergado,
qué desesperanza tan honda habrá venido,
qué angel tan bueno le habrá acompañado,
en su caida?.
De ese niño solo se lo que ya he contado y solo con eso ya se ha hecho eterno e inacabado.
Niño, ¿no habrías preferido hoy tener el útero en el cuello por haber estado escribiendo una propuesta?
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