miércoles, 7 de noviembre de 2012

Principio


La soledad tiene ese sabor indefinido a misericordia, a no saber cuándo ni cómo llegamos hasta ahora, a no poder seguir sin un respiro, a no poder dar otro paso, a no tener futuro ni promesas, a eternidad falsa y olvidada.

La soledad tiene esa luz de madrugada cuando el primer rayo se asoma tras la aurora, tiene ese blanco indefinido de la niebla, ese negro profundo de la piel.

La soledad contiene esa avalancha de nudos que se enredan en el alma, de pasos que van dejando huellas, de voces que son ecos de la gloria.

La soledad retiene ese sonido que tiembla al fondo en la garganta, ese no largo y postergado, ese hasta nunca que no quiere quedarse.

La soledad tiñe cada tarde y esconde sus silencios en la hamaca, tirita acurrucada en los rincones y esparce sus bostezos por el aire.

La soledad acuña mis angustias, las cuenta como perlas de collares, como monedas ahorradas para luego, como lunas que transcurren en el cielo.

La soledad se acuesta al lado mío, me canta una nana mientras duermo y peina mis cabellos en la mañana.

La soledad se tiende en mis cobijas y espera a que regrese por las noches, cuando me ve sonríe y se prepara, me salta encima y se retuerce, se envuelve entre mi cuello y me aprisiona.

La soledad se queda allí entre mi pecho, con su cabeza cerquita al corazón.

Yo, a veces triste, le suplico.

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