Si fuera valiente darían ganas de escribir estas letras, largas, descoloridas, abandonadas, doloridas.
Si hubiera valor intentaría escribir historias de la familia, el maldito realismo mágico en su simplicidad irremediable, lo asombroso de la cotidianidad despedazada. ¿Con qué permiso o con qué derecho podría escribirlas? ¿Si los involucrados todavía están vivos y dolientes, si las involucradas todavía construyen y envejecen? Evitar el dolor es una tarea dolorosa. Evitar tocar al otro solo resulta siempre en el aislamiento. Irse no resuelve nada. Si existiera el karma en realidad estaría allí representado, en encontrarse una y otra vez con las mismas situaciones una y otra vez hasta que una les da la cara, ni siquiera es que una se las encuentre sino que las busca. Yo que quiero creer en lo más profundo de mi ser que he intentado dentro de lo posible y siendo tan amable como me está permitido enfrentar las cosas, claudico. De ahí el estado, claudico por ahora, hasta que pueda ser otra vez valiente. Las acusaciones no nos pocas, yo, yo, yo, con esa necesidad imperante de la culpa y el sufrimiento. Con esa necesidad insufrible del mártir y el victimario. Porque seguimos atrapados en la idea de que solo existen dos lados, de que se es o no se es, fuiste tú o fui yo, a las 5 o a las 6. Que limitados somos los humanos que solo vemos con dos ojos.