La
poesía me hace tanta falta como ese bálsamo infalible de aminorar heridas,
ahondar soledades, prevenir desperfectos y sublimar amores.
Las heridas se han
venido de tanto que uno usa el cuerpo y el alma para andar por un mundo que aún
joven no contiene sus animosos impulsos de darse contra uno.
Las soledades son
esas que se han quedado clavadas en los sueños en las noches en que los lobos
no aúllan y los amores se despiden por no considerar futuros.
Los desperfectos
no son más que el espejo claro que revela esta condición humana de ser único y
equívoco y del aprendizaje a punta de fallar muchas veces antes de acertar
con miedo.
Y los amores sublimados son la angustia infinita de recordar lo
bueno y decantar lo no tanto para que como los muertos las amantes sean siempre
añorados, siempre benditos, siempre queridos, siempre perdonados.
La poesía me
hace falta para que la realidad sea menos pesada y más cierta, menos mentira y
más concreta, me hace falta la poesía para acercarme al mundo desde ese lugar
en mí que se muere de miedo porque reconoce que el espejismo de todos no es
para nada un espejismo y es tan vil y vulgar, tan cuero y diente, tan sed y
sudor, tan callo y saliva, tan cuerpo y presencia como lo soy yo misma y yo
misma siendo tan vaga y visceral, tan mínima e infinita, así yo sin la poesía
no tengo ni pies en la tierra, ni brazos al cielo, ni mirada al horizonte.