viernes, 31 de mayo de 2013

Si el mundo se acabará esta noche hay dos cosas que quisiera hacer: una decirle a Sara que la quiero mucho mucho y como hace mucho tiempo no quiría a nadie. Y dos decirle a Daniel que aunque no he terminado estoy muy contenta de trabajar en este artículo. Carajo!

miércoles, 22 de mayo de 2013

De ser

A veces siento que me falta un pene, pero nunca he sentido que me sobre una vagina!

jueves, 16 de mayo de 2013

Otra vez

Y otra y otra hasta el cansancio, otra vez resumo, cardo, labro, hilo, leño.
¿O será la última antes de y despues de todo?
No, no será la última, aun queda que hacer.
Aún hay tiempo y ganas.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Anatomía


Porque veo corderos donde hay lobos, ángeles donde hay demonios y frutos donde solo hay espinas. Ellos me rasgan en tiras la piel, me dislocan los hombros y las rodillas y se clavan en mis ojos y en mi lengua, sin que yo pueda entenderlas cuando los veo hacer.
“La madrugada en que naciste tu abuela leyó en la luna un triste destino, pero ser loco no es ser triste, tu lo contabas sonriendo…” dice un poema medio olvidado, y el titulo de una nota en un periódico “La locura no es felicidad”.
Así me alimenté de niña entre el sudor de un caballo y las voces que corrían entre los árboles en la montaña, sobre una piedra mirando al cielo. Pero Ella no aguarda demasiado y asalta cuando menos estás lista para ello. El resto de tu vida se te va en intentar vivirla sin que sea Ella la que esté al frente, la que se toma tu desayuno, la que se acuesta con el hombre o la mujer que amas o aún peor con aquellos a quienes no amas. Y procuras estar viva lo suficiente para ser tu sin Ella, o con Ella amablemente. Has aprendido que Ella no sabe ser amable, la locura. Que acecha, que espera acurrucada detrás tuyo el menor de tus descuidos para arañarte la espalda y clavarte hijos donde tú no los quieres. Está allí, entre ti misma, entre la sangre que te corre, entre los dientes y las encías, entre las uñas y los dedos, entre los pliegues de las piernas. La sientes en el cerebro esparciéndose; la sientes, como se siente una hormiga que te camina por el brazo o el viento cuando sopla fuerte sobre el rostro. La sientes, así, físicamente, realmente, paseándose por el borde interno de tu cráneo, buscando una fisura por donde colarse hacia tu subconsciente o hacia los otros, las otras, los otros, pobres...
Los amadas y las desconocidos, esos otros que están tan lejos, a quienes no perteneces porque precisamente Ella te ha arrancado de su cuna. Los otras, a quienes no comprendes a pesar de tus esfuerzos casi, casi humanos. Las otros quienes te están negados por derecho, porque eres rara… pero te quieren. ¿Quiénes son? ¿Qué es lo que buscan? ¿Qué es lo que pretenden, los otras? No lo sabes, su comportamiento se te hace desconocido y extraño, porque están cuerdos o al menos, eso es lo que piensas. Porque nacen, crecen, se reproducen y mueren, felices mueren por haber tenido una vida decente, porque se enamoran de otras y se odian luego, porque se levantan cada mañana y vienen como tu hasta el trabajo, y trabajan, escriben artículos, hacen experimentos, se hacen científicos, algunas almuerzan otros bailan y no falta la que hace un chiste a costa del dolor ajeno.
La locura te hace, me ha hecho, desconfiada. Te inhibe creerles las sonrisas y los ángulos, te hace alterna y vagabunda, no quieres encontrártelos y sin embargo, porque todavía estás aquí y no del otro lado, porque todavía te queda algo de consciencia, no sabes cómo sobrevivir sin ellos y mucho menos sin ellas. No sabes cómo seguir respirando sin sus voces, sin su presencia, sin sus cuerpos, sin sus mentiras. Te aferras a ellos para no caer en el vacio oscuro de su boca, que espera por tragarte. Te aferras a ellas, a los que leen, para dar otro paso, para hacer que otra bocanada de oxígeno entre a tus pulmones, como una excusa justa e infinita para dar otra sonrisa, para mantenerte casi, casi cuerda. Para no dejar que salgan de todas tus células los asesinos.
Pero son ellas mismos los que te condenan, son ellos mismas las que abren los ojos como luciérnagas porque no pueden creerte, porque se asombran de tus celebraciones de cumpleaños (Damas y Caballeros, vivir conmigo no es fácil, por eso un año más merece ser celebrado) y de que no tires a la basura las semillas de los duraznos, de que andes con palos para caminar y pongas piedras en el borde de tu ventana, se asombran de que dibujes en la pared un ángel cuando dios es menos que un recuerdo.
Es que ellas y ellos no saben, no han estado dentro de tu carne y menos aún dentro de tu cerebro, ellos y ellas no la han sentido andándoles por entre los huesos, asomándose sonriente por entre el espacio de tus vertebras, escurriéndote las neuronas y los años. Y entonces como resultado los amas pero no las soportas, las quieres contigo pero lejos, no los perdonas. Desde lo profundo sabes: como tú, son inocentes y como a ellos, intentas perdonarte y te castigas, diariamente, te condenas a ti misma a lo imposible, caminas descalza entre agujas oxidadas, extiendes tus manos hacia las bestias hambrientas y bailas en las noches con todos los demonios en silencio, porque tu triste alma no será suficiente, no tendrá un lugar en la tierra donde descansar sin prisa, hasta que sea demasiado tarde. 
Hay, a veces hay un momento ciego y miserable, un simple instante en el que nada de ti ni Ella misma tienen fuerza, en el que no estás y Ella tampoco porque te necesita, eres finalmente su alimento y te ha dejado seca. El camino se bifurca y uno de ellos acaba pronto, en el otro están todas los demás y el abandono, los dejas a ellas hacerse cargo, sostener tu vida cuando tú no tienes como, los dejas hasta respirar por ti, hasta latirte…
Entonces, cómo un milagro del diablo o un pecado del cielo, 10 miligramos de escitalopram al día y una hora de hablar con tu psiquiatra a la semana te mantienen en este mundo y te permiten andar entre la humana gente casi, casi viva. Entonces, diariamente, una tableta que desprecias y semanalmente, una terapia a la que temes, la mantienen a Ella alejada, acurrucada detrás de tu espalda, cerca a tu cintura, irritada, sonriente. Y solo cuando ya es demasiado, cuando la sientes dando el salto, a la locura, cuando amar a las otros se vuelve doloroso y la cordura se desdibuja, esa perezosa que no le importa irse ni quedarse, cuando reconoces el peligro y no quieres perderte, solo entonces, como alivio, como un baño fresco o una suave medicina, como el abrazo de un ser amado, recurres a la letra y descargas todo lo nombrado, descargas todas las angustias y los pormenores del miedo que te vibra en los intestinos, el ácido del cariño que te corroe las arterias, el odio cansado por no ser tu ni ser tu misma sino ser Ella, y te avergüenzas de que ellos, las otras, los que leen, lleguen a enterarse.

domingo, 21 de abril de 2013

lunes, 15 de abril de 2013

Atrofia

Necesito escribir, como una urgencia, como respirar, así de urgente, necesito escribir porque me pesa, porque no sé, porque me desespero y me desesperanzo, porque abro mi boca y no hay palabras, porque se desequilibra el delicado equilibrio y ¿quién carajos lo recupera?. Necesito escribir, como una urgencia, como la sangre que me fluye desde el borde de los labios hasta las neuronas y los dedos, como si no hubiera otra posibilidad, otra armonía. Necesito escribir justo ahora, en este segundo en que el corazón me late por fuera, en el horizonte, en ese otro que no soy yo ni reconozco, en ese otro que es apenas. Escribo sin muchas otras opciones disponibles, sin saber que hacer con esta sensación que me recorre desde la traquea hasta el higado y me baja hasta las rodillas y se me expande hasta el cerebro, sin preguntar mucho, así como una vena. Te necesito letra, porque la realidad me embiste con su realidad escueta, matando todas las posibilidades y los sueños, masacrando las ilusiones y los devenires, diluyendo voces y tardes de domingo. Las necesito, puntuación, ortografía, gramática... las necesito para expresar esta cosa que se me ebulle en el corazón, en la garganta y no alcanza a ser fonética, las necesito, porque no sé como diluir este cariño solitario que se me crece como cancer y no tiene dueño que le guíe.