El costo de un poema
No es, como podría parecer,
El tiempo que se tarda una en poner la última letra,
No es el estilo, ni la elección de las palabras,
Ni la revisión del ritmo o la armonía,
Es aún menos la selección de la rima,
No es la dedicación de los dedos sobre el teclado,
O la corrección de la ortografía y la gramática,
No es la duda, la consulta al diccionario, la búsqueda de sinónimos o antónimos,
La necesidad de reducir las palabras repetidas.
Ni siquiera es la sed de encontrar la palabra precisa.
El costo de un poema es,
al menos para mi,
la vida.
Esos segundos largos que nos duelen,
Esos años diminutos en que reímos,
El calor de la piel que se aleja de nosotros,
La humedad de la selva donde nacimos,
El silencio del que no salimos nunca,
La bulla abrumadora del olvido.
El costo de un poema es la experiencia.
Lo que hay que tragarse para saberlo,
El error que hay que cometer para recibir la culpa, para merecer el castigo,
La bondad en la que hay que incurrir para acusar al otro,
La conciencia efímera de la existencia,
El sabor amargo del bocadillo,
La textura dulce de la arena.
Eso es lo que cuesta un poeta
No son nada baratos, pero valen lo que pesan.
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