miércoles, 11 de mayo de 2022
De la maternidad y otros derechos reproductivos
Pocos temas me hacen tan visceral y cínica como los derechos reproductivos. Aparte de los estereotipos y la discriminación continua y recalcitrante por la identidad de género, a los cuales procuraré no incluir ni considerar en este escrito, el tema de los derechos reproductivos me crispa la médula y los horrores. Que otro ser humano tenga el poder de decidir por otro su maternidad o paternidad me corroe, me niega las amabilidades, y me provoca ser tajante e impositiva. La obligatoriedad de la maternidad y la paternidad las hacen abominables y míseras. Forzar a un ser humano a ser madre o padre es mezquino y malvado. Para mí, forzar una vida que no es deseada es lo único peor que la muerte. Sin abordarlos, reconozco que hay innumerables matices derivados de aspectos sociales e históricos más generales que es necesario considerar ante una posible reproducción. Independientemente aseveraré que ninguna mujer bajo ninguna circunstancia en ningún momento debería ser forzada a ser madre, aún más, lo reitero: ninguna mujer bajo ninguna circunstancia en ningún momento debería ser forzada a ser madre. Por mil y un razones y en principio porque nos pasa adentro, porque es nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro útero, nuestra sangre, nuestras hormonas, nuestros recursos químicos, biológicos, mentales, sociales, económicos, es nuestro tiempo. Esa valoración de la mujer por su potencial reproductivo me parece mercantil, esclavista, traficante. La maternidad y la paternidad deberían ser adorables, amables, bonitas, deseadas, al menos deseadas. La decisión de traer al mundo a otro ser como nosotros mismos debería ser eso, una decisión, un proceso mental y emocional de negociación con una misma (y con el otro responsable) en el que se evalúa si las condiciones son apropiadas y suficientes para enfrentar una responsabilidad que es para el resto de la vida y más allá para la vida de todos los futuros descendientes. El riesgo a fallar es enorme y comenzar desde la imposición es una condena al fracaso. Los hombres tampoco deberían ser obligados a ser padres. Aquí es indispensable aclarar que la maternidad y la paternidad no son solo el hecho de poner los óvulos y los espermatozoides. La maternidad y la paternidad incluyen el compromiso y la dedicación en la crianza. Pagar una porción recurrente de dinero a aquellos a quienes contribuiste a concebir sin hacer parte de su vida cotidiana no te hace padre (ni madre), ciertamente por lo menos no uno bueno. De todas las ideas y acciones retorcidas que los humanos hemos inventado y hemos usado los unos contra los otros, aquellas asociadas a los derechos reproductivos, como la violación, la esterilización forzada, la penalización del aborto, la dificultad en el acceso a la salud sexual y reproductiva, la estigmatización social y económica, y todos los comportamientos derivados que atacan y castigan a quienes no o si desean reproducirse, son las que se me hacen más perversas y traumatizantes, las más invasivas y agresivas. Son las ideas y acciones que atentan contra los derechos reproductivos las que me generan la reacción más instintiva, casi maternal diríamos, la de proteger la vida que ya está aquí, la de ahora, no la vida que no ha existido.
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