Las manos no alcanzan para esconder los ojos.
Otra vez mi cerebro juega a escribir las mil y una formas de hacernos daño.
Y lo que queda de mí, espada y escudo en mano, junto con todos los hechizos y los rezos, me interpongo.
El trozo minúsculo que queda de lo que soy utiliza todo lo que tiene para evitarlo.
Ese mínimo resquicio que soy gasta toda la energía que tiene disponible en negarse a si misma la posibilidad de herirse.
No, dice entumecida.
No, entre esas gruesas gotas que caen desde la oscuridad de los ojos.
No, desde cada músculo que se contrae.
No vamos a hacernos daño, retumba.
Pero el cerebro insiste.
Y si hacemos esto,
Y se hacemos aquello.
Una botella de vodka.
Una botella contra la pared.
Un vidrio.
Una mano que aprieta la otra.
Una cabeza que se inclina con fuerza hacia una puerta.
Un cigarrillo.
Un alguien desconocido con quien desnudarse.
Un alguien conocido con quien mentirse.
Una aguja.
Una balde de agua.
Una llama.
No cerebro.
Dice el trocito de bondad que queda en mi.
No vamos a hacernos daño.
Y así la guerra contra mi misma continua.
Adentro.
Y los días transcurren sin que los sienta.
Y la vida se me va en no morirme.
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