miércoles, 21 de marzo de 2018

Oh letra, ven aquí y ayúdame a disolver las lágrimas.
Tanto ensueño y tanta ausencia son tanto insostenible.
Tengo entre las arrugas de los sueños los abrazos.
Tengo entre las angustias cotidianas sus sonrisas.
Tengo, desesperadamente, que entender y que soltar.
Inconsolable.
Pero tú, tú animal desesperado.
Tú, asesino sublimado.
Tú, inconstante y pasajera.
Tú y esa sutileza amarga de no anunciarse,
De llegar de pronto con dulces y manzanas y venenos.
Tú, vida mía ¿qué me has hecho?
Yo te nombro con el miedo intacto.
Yo te acuso sin astucia y sin que haya corte que te juzgue y te condene.
Yo, vida mía, te tengo entre las manos y te perdono.
Pero ¿qué me haces cada día vida mía?
¿Para qué me traes estos seres efímeros y adorables?
¿Para qué sus voces que se clavan en la memoria como astillas bajo las uñas?
¿Para qué esas historias ancestrales y bien tejidas?
¿Para qué esos cuentos de amores y desamores y de honores y deshonores?
¿Para qué esos cuerpos con olor a tierra y a rocío sobre las hojas en la mañana?
Ay, ay, ay, ay... ¡Como me duele! 
Aquí entre la espalda y el pecho, en los latidos, en los pulmones.
Como me duele este tener que ser fuerte y contener la voluntad de puta que siempre he tenido.
Como se me retuercen los ensueños y se me tergiversan los escondites.
Como, luego de haber vivido lo que tú me has traído, haya sido cuanto haya sido, tengo que andar con cuidado.
Como, reconozco entre los ahoras y los ayeres y los porvenires ese camino angosto que me corresponde.
Ese desfiladero delgado y pedregoso que es el único de los posibles.
Todos los demás son aire y vacío.
Todos ellos que me traes y me muestras al frente como en una pasarela.
Son humo.
Intocables, imposibles, inalcanzables.
Cual instantes perfectos, al otro lado del vidrio, del espejo, al otro lado del mundo, de la vida.
¡Vida! tú, con ese afán de tentarme con sortilegios.
Y yo con este dolor agudo y continuo de ser lo que tú y yo somos.
Yo aquí con está fragilidad salvaje del cariño.
Yo con este no-sé-bien-qué ahogándoseme en la garganta y al filo infinito de mis neuronas.
Yo con esta resignación aprendida en la experiencia 
de ¡ya no! gastar el alma,
de ¡ya no! perder el tiempo,
de ¡ya no! morirse de amor,
de ¡ya no! temblar de deseo,
de ¡ya no! arriesgar la cordura,
de ¡ya no, querida mía! jugarse la vida.
La experiencia, la madurez, esa cosa sea lo que sea de ya haber vivido un poco,
tiene el sabor amargo de la resignación sonora sin haber entrado al campo de batalla,
El sabor amargo de estar vivo, pero ser inútil.

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