Dime cuándo, entre tus mundos, descubriste el horizonte.
Cuándo decidiste detener tu paso y procurar asirte a las menudas sonrisas que aun flotaban en el aire.
Ese instante exacto en que detuviste el tiempo que transcurria a borbotones atropellando tu alma acobardada, y te refugiaste en el descurrir eterno del rayo que atraviesa sin rumbo las estrellas.
Ese infimo segundo en que volviste tus pétalos a la luna y te olvidaste de mi y de todos tus dolientes.
Dime, adorada mía, cuándo, entre tus muslos, descubriste que detras de la cascada aún aguardan los dragones por ese día en que los humanos vuelvan sus sentidos hacia la sabiduría.
Cuando profanaste sonrojada los más suaves y profundos pensamientos de los saltamontes que habitan el jardín, o confundiste tu agrio y enloquecedor aroma con el que liberan los lirios en las noches alunadas.
Más allá de todas las entrañas aún aguardo yo tu bienvenida...
Aún aguardo yo. Tú, bienvenida.
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